
Erase una vez un niño, que salió al patio a jugar con su pelota de colores. Sus padres miraban desde la ventana pensando en lo maravilloso que era ver la vida crecer en él, la ligereza de sus movimientos, su clara risa, los ojos vivos y alegres. Este niño creció, y se convirtió en un hombre, sus padres seguían muy orgullosos de él por supuesto, ahora se había convertido en un gran hombre de sociedad. Sus pasos medidos, sus gestos calculados, una tenue sonrisa siempre en los labios como si hubieran puesto dos palillos en su cara y su mirada penetrante e inquisidora.
El hombre, visitaba religiosamente cada domingo a sus padres, ni muy pronto ni muy tarde, adecuado nada más. En uno de esos tantos domingos, paseando distraídamente acabó en el centro del patio de sus padres. Cuantos años! Le parecía tanto tiempo.... y de repente en un rincón, sucia y polvorienta su pelota de colores...
Primero la tocó, casi con miedo, como si de repente dos dientes fueran a salir de su interior... Luego empezó a percibir su forma, quitó el polvo de su superficie y aparecieron aquellos mágicos colores que tanto le gustaban. Casi sin darse cuenta se encontró dando botes a la pelota en medio del patio, y saltando, sonriendo, bailando con ella....
Un grito de asombro lo sacó de su éxtasis. Volvió la cara y al lado del gran espejo estaban sus padres con cara de disgusto acompañados de aquella insípida pero "conveniente" chica que pretendían acabara siendo parte de la familia.
Fueron segundos, miró al espejo y se vió a si mismo. Casi era magia! Pensó.- Estoy sonriendo, alegre y con una mirada que no tenía desde hace mucho tiempo!
Y al otro lado, todo aquello que presentaba su adecuada vida actual..., tres pares de ojos inquisidores como su mirada unos segundos antes, examinando y desaprobando su evidente felicidad.
Tomó la pelota, la acarició con sus manos. Dejó aquella ridícula y apropiada chaqueta de domingo de un lado de la puerta, abrió los botones de su camisa y dejó que el aire entrara por ella, y sonriendo al mundo salió por la puerta trasera del patio para no regresar jamás.
María de Lourdes Eguren